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¿Se siente perdido a la hora de elegir un trabajo? ¿Quiere hacer algo que realmente le guste y en lo que realmente sea bueno? Si lo recuerda, cuando era niño muchas veces tenía la misma duda al elegir entre ser futbolista, médico, profesor, cantante o torero. Aunque era un juego, en esos primeros pasos ya empezamos a marcarnos nuestro propio destino al elegir carreras más o menos cercanas y/o factibles.

A medida que se va creciendo, las posibilidades de elección se van reduciendo y aparecen dificultades y obstáculos de todo tipo: las expectativas que otros depositan en nosotros, la baja autoestima, la falta de fe en el propio proyecto… La parte buena es que, a pesar de todas esas dificultades, el camino está ahí delante y todavía hay un montón de posibilidades de elección; es difícil y está lleno de obstáculos pero el camino está ahí delante. Unas horas con un orientador profesional puede volver a ponernos en la senda correcta; tal vez tengamos unas capacidades desconocidas para algunas tareas que nosotros mismos ignorábamos o tal vez tengamos que reconocer que en realidad somos buenísimos haciendo eso, tan práctico y tan rentable, que habíamos desechado en principio por una u otra razón.

Para situarnos, vamos a ver cómo trabajaría, a grandes rasgos un orientador profesional.

El primer paso es la recogida de datos. Independientemente del soporte, papel, ordenador, una PDA o cualquier herramienta que se pueda usar, es importante reunir cuantos más datos mejor y comparar, porcentajes de empleados/desempleados del sector, salarios medios, tiempo necesario de preparación, lugares en donde esa industria se concentra y las perspectivas del sector. Acérquese a algunas empresas del ramo y ofrézcase para trabajar como meritorio o becario o cualquier otra ocupación que le permita conocer el sector desde dentro. Puede que en un par de meses tenga una idea más clara de la preparación que va a necesitar (clases de informática, idiomas, técnicas de ventas, etc.) y del tiempo que va a estar ocupado formándose (o re-formándose). Por ejemplo, supongamos que en su zona se están abriendo o se van a abrir varios centros comerciales. No pierda un minuto: haga un curso de inglés (o de otro idioma si hay turistas de otros países en su zona), otro curso de electricidad y otro de técnicas de venta y mientras, por las tardes, léase todos los manuales de electrodomésticos que haya en su casa y en la de sus familiares, pregunte si alguien es amigo o familiar de un vendedor y pídale que se lo presente para que le cuente cómo son las cosas desde dentro o, incluso, acepte una sustitución de verano de un par de horas diarias en una tienda de electrodomésticos como reponedor. En tres meses puede Ud. presentar un curriculum perfecto para el departamento de electrodomésticos y habrá reorientado su carrera. También puede quedarse en su casa aferrado al mando a distancia lamentando que nadie le llame para trabajar pese a sus magníficas posibilidades. El segundo paso es la evaluación de riesgos: no se fije un listón demasiado alto. El país está lleno de ex-opositores a notarías y masters en administración de empresas. Sea sincero consigo mismo y plantéese si le vale la pena perder dos o tres años más preparándose para algo tremendamente competitivo donde las posibilidades son cara o cruz (se puede ser mejor o peor vendedor o encontrar un mejor o peor puesto como administrativo pero funcionario se es o no se es). Valore también las implicaciones personales y familiares de su trabajo: no insista en ser publicista en un pequeño pueblo del interior; si quiere ser publicista tendrá que trasladarse a una ciudad o a una gran ciudad. Tampoco descuide los riesgos económicos de determinadas carreras profesionales. Si puede aguantar unos años sin dinero, podrá elegir entre muchas opciones pero si necesita pagar la letra de su hipoteca, lo mejor es que apunte a lo seguro. El tercer paso es, finalmente, la elección intuitiva de una carrera profesional. Con todos los datos en la mano hay que tomar una decisión. Escuche a quienes le quieran aconsejar pero tome Ud. mismo la decisión. Nadie le va a indemnizar por haberle aconsejado mal. Puede que un día se vea frustrado detrás de un ordenador por haber escuchado mal y no habrá nadie a quien reclamarle. Una vez que tome la decisión, por supuesto, llévela hasta sus últimas consecuencias hasta triunfar profesionalmente.