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Los prejuicios se pueden definir como las interpretaciones a priori que se hacen sobre acontecimientos y situaciones. Unas veces son valoraciones apresuradas, sin racionalidad, y hasta irracionales, en otros, en la peor versión, no son más que la máscara con la que los demás intentan influir en nuestro comportamiento y en nuestras decisiones. Cuestiones que pueden arrastrar nuestras emociones y hasta hacernos sufrir.

Vistos así los prejuicios, son una fórmula más de manipulación. Dejarse llevar por los prejuicios de los demás, es sacarnos de nuestra propia valoración de los hechos. Dejarse llevar por los prejuicios de los demás, tiene efectos secundarios, poner nuestras emociones bajo la guía de cómo ven las cosas quienes no son nosotros.

Cuenta una historia incierta que un maestro sabio antiguo recibió en su casa la visita de uno de sus jóvenes discípulos que le intentó contar de forma apresurada qué era lo que los vecinos del sabio decían de su persona. Antes de que el discípulo pudiera contar nada, el maestro le preguntó al joven si tenía la certeza de lo que iba a narrarle había ocurrido realmente, si los argumentos eran buenos para alguien y, por último, si le iba a proporcionar algún tipo de conocimiento que le permitiera crecer como pesona.

El joven sorprendido le respondió que ni sabía a ciencia cierta que lo que había oído a los vecinos fuera cierto, que lo que se decía del sabio no era precisamente halagador y que no le serviría para sentirse mejor, sino todo lo contrario. A estas respuestas reveladoras, el sabio le pidió al discípulo que olvidara un asunto que por lo que a él se refería eran juicios, argumentos negativos que no le iban a servir para sentirse mejor.

El mensaje del relato es claro, los prejuicios pueden llegar a contaminar el ánimo y tienen el valor que les demos. Esa forma maledicente de entender lo que pasa es aún más inconveniente para nuestras emociones, en tanto que, cuando alentamos y divulgamos los prejuicios de los demás, dejamos hasta de escuchar nuestra propia interpretación de los hechos.

O, peor aún, los prejuicios pueden constituir un peligro que puede enquistarse. Dejarnos llevar por los prejuicios elaborados y seleccionados por los demás, resulta tentador en cuanto nos evita la carga de hacer un esfuerzo por entender, por comprender porqué las cosas son o fueron así. Indagar la realidad verdadera de las cosas, informarnos, superando los prejuicios ajenos, es, en cualquier caso, un paso deseable que ha de trabajarse, porque nos pone en el camino más humano de nuestro comportamiento, en conexión con la empatía.

Piense que dejarse llevar por los prejuicios de los demás pone nuestro pensamiento y hasta nuestras emociones fuera de la voluntad de la que somos responsables, creer sin un juicio crítico lo que dicen los otros, y hacerlo por sistema, es una forma de devaluarnos y de minar nuestra estima.

Muchas personas ven y sienten como verdaderos los prejuicios de los demás, cómo ven las cosas los otros, sin darse cuenta en absoluto de que cuando lo hacen están dando poder a una forma de entender la realidad que puede ser una opinión sesgada, o muy sesgada, de lo que sucede a su alrededor.

Piense además que las emociones que sentimos con lo que nos pasa no ocurre sin más, las creamos nosotros mismos, las alentamos con inquietudes, con el stress, con el nerviosismo, con la incertidumbre, con la preocupación excesiva e insana, con la parálisis a la hora de actuar.

Los prejuicios van en esa dirección de crearnos estados de ánimo proyectados. Tenga en cuenta que escuchar los prejuicios, aceptarlos sin más y desarrollar emociones, sobre todo negativas, depende sólo de usted.

Prejuicios que minan la autoestima a fuego lento.