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Madurar como padres

 


Tengo tres hijos, de 19 y 16 años (los de 16 son mellizos). Mi hijo mayor está por comenzar su carrera universitaria y pronto se irá de casa durante la época de clases. Pensando en los años que han pasado, veo que mis hijos han desplegado sus alas y están listos para volar de un momento a otro.

La vida cambia enormemente cuando un hijo entra a la universidad. Gran parte de la rutina familiar se altera pues los chicos ya no están allí para compartirla. Aceptar estos cambios tan alegremente como sea posible es parte de nuestra maduración como padres.

Las cenas en familia constituyeron nuestra primera baja. Yo crecí en una familia que comía junta todos los días, especialmente en la cena. En mi casa continuamos con esta práctica mientras los niños eran pequeños. Pero después surgieron los entrenamientos deportivos, los ensayos teatrales del colegio, las invitaciones a casa de amigos... y los sitios de nuestros hijos en la mesa empezaron a estar vacíos. O bien ocurría todo lo contrario: todos los amigos y amigas aparecían sin aviso a la hora de cenar. Aprendimos a tener comida de reserva para la cena, y si no venía la tropa, disfrutábamos de los sobrantes al día siguiente.

Las vacaciones familiares fueron la segunda baja. Los cursillos de verano, los campamentos, los entrenamientos de pre-temporada, llenaron nuestra agenda veraniega y evitaron que pudiéramos seguir saliendo de vacaciones juntos.

La paz mental fue nuestra tercera baja. Cuando tu hijo saca el carné de conducir, tu paz mental se desvanece instantáneamente hasta que él o ella te prueban que son responsables al volante. Tus gastos de seguro automotor trepan hasta el cielo, y tu ansiedad también. Si vemos que cometen alguna infracción, les quitamos el permiso de usar el coche, con las consiguientes molestias por tener que llevarlos nosotros al colegio y a otros sitios. La última vez que mi hija menor cometió una imprudencia al volante y le prohibimos usar el coche, le dije que prefería que ella me odiara para siempre a tener que ir a su funeral. Es difícil vigilar la seguridad de los hijos pero sin impedirles que aprendan por sí mismos a ser responsables.

Tu corazón se expande cuando ves madurar a tus hijos. Tienes que contenerte, dejar que prueben cosas y se equivoquen para aprender sobre el éxito y el fracaso. No puedes sermonearlos: deben aprender por sí solos. Estarles encima demasiado hará que tarde o temprano te aparten, así que para qué sobreprotegerlos. Deja que vuestra relación florezca y míralos como a otros adultos, dejando que la relación atraviese sus cambios naturales.

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