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El amigo

"Nadie me quiere, todos me odian". Yo solía decir ésto cuando era niño. "Bueno, entonces puedes salir y comer lombrices", respondía mi madre. ¿Comer lombrices? No es raro que yo sea como soy.

Verán, es culpa de mi madre que yo no tuviera ningún amigo: nadie quiere la compañía de un chico que come lombrices. Incluso intenté explicárselo a ella. ¿Me escuchaba? ¡Nooooo! Bueno, tal vez mamá sabía qué clase de quejica tenía por hijo, y se negaba a seguir adelante con éso. Es posible. Difícil de creer, pero posible.

Cuando eres un quejica es difícil encontrar un amigo; al menos para mí lo fue. Y en mi caso, era aún más difícil conservarlo: mi madre no me lo permitía. "Encuentra a alguien agradable", solía decir. "¿Agradable?", preguntaba yo. "Sí, tu hermana tiene amigos agradables. ¿Por qué no eres como ella?" Ésta es la razón por la que la pequeña señorita perfecta se quedaba encerrada en el sótano.

Para cuando aprendí a conducir, tenía algunos amigos, pero sólo porque necesitaban a alguien que los llevara en coche. Pobre de mí. Eran mejores que nada, a pesar de todo, y además ninguno de ellos duraría. Es la cruda verdad. El tiempo pone a prueba la amistad, y la mayoría de mis amigos han estallado en pedazos que yo llamo recuerdos, porque es lo único que conservo de ellos. El camino que ellos llaman "vida" no es muy bueno para recorrerlo solo, y aunque yo lo sabía, igualmente me preguntaba por qué elegimos abandonar a los amigos a lo largo de ella. La soledad es el el lamentable premio que se gana con el egoísmo.

Una de las formas que conozco para medir la amistad es la capacidad de superar las diferencias. Si existe un camino fácil, yo no lo he conocido. Para mí, el pacto sagrado nunca fue seguir cada paso de mi amigo, sino simplemente aceptar su lugar. Si yo quería que una relación durara, tenía que estar dispuesto a ofrecer compasión ante la derrota, y lo más importante, estar dispuesto a aceptarla.

Extrañamente, mi mejor amiga es una chica. Acostumbrábamos pasar mucho tiempo juntos cuando éramos adolescentes e incluso bromeábamos acerca de "enrollarnos" y tener diez hijos, pero éso no sucedió. Mirando hacia atrás, dudo que jamás me hubiera animado a casarme si no hubiera sido por ella.

Desde el momento en que la conocí supe que seríamos amigos. Lo que no sabía es que la amistad sería perdurable. Dentro de ella hay un santuario en el que yo puedo hablar y ser escuchado. Lo que yo diga no será nunca juzgado. Allí puedo desplegar mis alas y perseguir mis sueños sin que me acosen mares de dudas. Un sitio poeético donde el fracaso no me puede alcanzar, porque ella lo mantiene alejado. Cuando estoy con ella, no soy la persona que conozco: antes bien, soy quien siempre he soñado ser. ¿Qué más se puede pedir?

El hecho de que ambos estemos casados ahora ha cambiado completamente nuestra relación. Ahora ya no nos hablamos ni escribimos con frecuencia. Nunca olvidaré cómo me sentía cuando no tenía amigos, y a veces me preocupa pensar cómo cambiaría mi vida si algo le ocurriera a ella. No habría repuesto que pudiera reemplazar esa pieza de mi corazón. No me atrevo a imaginarme cuán solo me sentiría. Si no lo adivina, mi mejor amiga es mi esposa.

Pronto llegará el día en que nuestros hijos se marchen y nos dejen solos. Lo que mi esposa y yo hemos cultivado a través de los años va más allá de los lazos del matrimonio. Aún me río cuando oigo la frase "Cásate con tu mejor amigo", porque yo no creía que fuera posible. Tener un "mejor amigo" lleva toda la vida. Los mejores amigos tienen cicatrices donde se han cortado el uno al otro y se han curado el uno al otro. La prueba la veo en los ojos de los ancianos, que han templado el metal de la amistad por más tiempo que el que yo he vivido.

La apariencia física de una pareja que ha permanecido casada por un número incontable de años no es más que una ilusión. No he sabido reconocer hasta ahora cuánto los ha honrado el paso del tiempo. La piel blanda y gastada que cuelga en flojos pliegues es el recordatorio de que han resistido los golpes de la adversidad. Las piernas debilitadas y las espaldas encorvadas no son consecuencia de la edad, sino de llevarse el uno al otro a través de los tiempos difíciles. No son sordos, sino que entienden que no hay otra voz que importe más que la de su cónyuge. Eran mis oídos los que estaban sordos, porque el susurro de su voz habla el lenguaje de la sabiduría. Nuestros mayores son la prueba de una fuerza tan grande que ni la muerte los puede quebrar.

Cásese con la persona que ama. Permanezcan unidos atravesando todos los obstáculos que la vida les pone por delante. No abandonen, y Dios mediante, encontrarán lo que yo: a su mejor amigo.

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