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El ideal de familia más allá de los lazos de sangre
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La familia se define en un nivel básico como un núcleo formado por personas con un vínculo de parentesco. Y es así como se reconoce en las sociedades modernas hasta el punto de llegar a formar parte de la identidad colectiva de los pueblos, como una de sus piezas fundamentales de la sociedad.
Sin embargo, sólo hay que echar un vistazo a otras sociedades tradicionales para comprobar que la fórmula tiene muchas lecturas posibles y que no por ello resulta menos vinculante, menos atractiva para los individuos, como manera de relación entre las personas y como nexo para consolidar lazos sólidos y estables en ellas.
Nos referimos a familias creadas y mantenidas sobre la base de la propiedad de la tierra, familias sostenidas como fórmula para apoyar influencias sociales y económicas, familias que se basan en el respaldo de títulos y privilegios. Fórmulas que resultan eficaces, que se orientan al bienestar común del clan, pero que hacen díficil sostener las verdaderas razones por las que una persona se declara miembro de una familia. Razones que podríamos denominar de manera muy amplia como emocionales y afectivas.
 Flickr Creative Commons Duncan Brown y Rachel Pics
La familia no es sólo llevar la misma sangre, conservar idénticos apellidos o vincularse en parentesco por lazos matrimoniales o por adopción. Los lazos que reconocen a un individuo como perteneciente a una familia son tan etéreos, tan personales y tan particulares como lo es la necesidad humana de pertenecer a un grupo como seres definidamente sociales.
Independientemente de las formas, de las necesidades materiales ¿cuáles son los rasgos verdaderamente humanos y conciliadores que definen a una familia? Son muchos. Veamos algunos.
Un primer rasgo que define el vínculo de la familia es la comunicación, necesaria para el desarrollo de la autoridad, de la ayuda, de la comprensión, de la cooperación y hasta la afectividad dedicada a la que nos referíamos. Esa afectividad es otro rasgo definitorio de los vínculos en la familia, imprescindibles para el desarrollo de la vida emocional de las personas como individuos.
La familia supone, además, apoyo, que no es sólo afectivo, sino también económico, de protección física o emocional, como estímulo para alcanzar ese desarrollo que citamos.
La familia se define también por su capacidad de adaptación, a las condiciones del entorno social, y como respuesta a la evolución de los propios individuos que la forman.
Todo, respetando la autonomía de cada miembro, pero responsabilizándose de la maduración y de las condiciones físicas de cada uno. Un asunto que se relaciona con el crecimiento de los hijos y con la protección de la salud de los integrantes de cualquier edad de la familia.
Pero la familia, se define también de acuerdo a las normas particulares con las que se dota desde la autoridad de los padres. Estilos de vida que invitan a un crecimiento del individuo, de los hijos, en una dirección, pero que también sirven como identidad personal y del grupo con respecto al entorno social en el que se convive.
La familia más allá de los lazos de sangre.
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