.
Una familia la forman las personas que conviven bajo el mismo techo, que asumen unos apellidos, las mismas personas que hacen por atesorar y disfrutar de una tradición, más o menos rica, más o menos vital, que, en cualquier caso, siempre procede de sus ancestros. Una familia es una identidad, un patrimonio también de sensaciones y de experiencias comunes.

Algo que está lejos, muy lejos, de una relación automática y fácil, la que vincula a la familia con sus propiedades y las confunde y las hace indistintas de ellas. Una familia, una identidad familiar, ni son muebles, ni son casas familiares, ni son herencias y cortijos.

Una sana identidad familiar se construye con amor, armonía y buena disposición humana entre gentes que en otro tiempo hubiéramos llamado clan. No se edifica sobre los títulos y los medios económicos, o por lo menos esas últimas razones, al final, no son las verdaderamente importantes.

Si esas son las bases sobre las que se mueve la identidad familiar, ¿qué es lo que los padres deberán tener en cuenta para transmitírsela a sus hijos, para hacérselas notar, para hacérselas disfrutar? Pues, en realidad, de lo que se trata es de hacerles llegar la importancia de los valores comunes y de la tradición de la que hemos hablado, pero, siempre, con matices.

– Valores. Una identidad familiar está formada por valores. Saber trasladar ideales como la justicia, la sociabilidad, el respeto, la comprensión o el gusto por la diversidad, por citar sólo unas pocas condiciones positivas del alma humana; es una labor fundamentales de los padres.


Trasladar esos valores es una misión que se consigue con el ejemplo y con argumentos reales y razonados, siempre en función de la edad de cada uno de los hijos. Se trata de valores que han de ser asumidos con naturalidad, como parte, cómo no, de la identidad familiar.

– Tradición. Los hijos deben conocer la tradición familiar como forma de sentirse identificados con ella. Un acto de asunción, en cualquier caso, que no puede ser más que voluntario.

Aunque en la voluntad de los padres siempre ha de estar el hacer entender a sus hijos dé dónde se viene y quienes han hecho y qué han hecho por crear esa pequeña comunidad que llamamos familia. Todo para ofrecer sentirse solidarios, herederos e identificados con esa identidad familiar que por otro lado siempre es única.

No hay dos identidades familiares exactamente iguales como no hay dos grupos humanos que, en su diversidad individual, sean capaces de forjar una forma de vivir y de convivir exactamente, exactamente iguales.

Una nota al margen no menos importante en relación a los valores y a la tradición familiares es el hecho de estimular la comprensión en los hijos de que la diversidad en el seno de la familia es un don preciado y no un problema. Admitir la diversidad de opiniones, de caracteres, de formas de entender los mismos principios acercará a los hijos a la compresión natural de que su familia sólo es un pequeño microcosmos de la sociedad. Llevarlos a asumir ese principio es prepararlos para enfrentarse a la sociedad y a los designios de su propia vida.

Identidad familiar para aprender a vivir.