.

La exigente y ajetreada vida diaria nos agota, en ocasiones no tenemos adecuadas respuestas físicas ni mentales para enfrentarnos a las circunstancias y a los problemas que nos afectan y la consecuencia es que nos sentimos desbordados. La respuesta a esa incapacidad, a esa inadaptación, a ese vernos superados, puede ser la irritabilidad y el mal humor.

El mal humor puede ser, además, la consecuencia visible de un estado latente de malestar crónico en la persona que lo padece. El mal humor podría ser una mala adaptación a las circunstancias cambiantes del entorno o a una disfunción producida en torno a sí mismo que se percibe como negativa o que crea inseguridad e incertidumbre.

Así también, el mal humor puede ser desencadenado por un estado de ansiedad que no se puede controlar, por el miedo a una enfermedad, por el mismo estrés o por una depresión. Las causas del mal humor son de lo más diverso y pueden llegar a constituir un hábito que puede romper con cualquier relación social o familiar.

Simplemente, la actitud de la persona que padece mal humor se vuelve insoportable para los demás. Cuando la respuesta del mal humor se cronifica, se convierte en un patrón de comportamiento que puede llevar al aislamiento en lo que supone también un refuerzo de las circunstancias negativas que lo desencadenaron. Llegados a ese punto, el mal humor se convierte en un callejón sin salida.

Visto esto, de lo que se trata es de romper con esa dinámica, romper con el mal humor y sacar lo mejor que llevamos dentro para vencerlo y apartarlo de nuestra vida, porque el camino al que nos conduce el mal humor está totalmente equivocado. Pero ¿cómo vencer al mal humor?

Lo ideal sería cambiar las circunstancias que desencadenan el mal humor. Sin embargo, en muchas ocasiones, la realidad es que no podemos controlarlas en absoluto. La opción más sencilla, por tanto, es cambiar de actitud, por ejemplo, echarle humor a la vida. No se trata de inhibirse de las circunstancias que crean tensión y estrés, se trata de dejar que nos afecten, relativizarlas y asumirlas como circunstancias no como problemas.

Hay que mirarse cada mañana al espejo y cambiar ese ceño fruncido que aparece de forma automática por una sonrisa reveladora. Sonreír al espejo es un buen comienzo para nuestro día.

Salga a la calle, interésese por lo que hacen y dicen los demás, relaciónese, no tome lo que le dicen como ofensas, plantéeselas como opiniones ajenas que pueden gustarle o interesarle o no. No cree fricciones con nadie, sea asertivo, dialogue, adapte el tono de voz a lo que quiere decir, pida disculpas, sincérese con quien lo merece, cree lazos afectivos en igualdad y déjese querer.

Con todo ello, seguro que habrá conseguido que el mal humor se quede atrás, que se diluya por el efecto positivo y beneficioso de relacionarnos con autenticidad. De eso se trata.