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La empatía es uno de esos valores humanos que más nos acercan a los demás. La empatía es una forma de darnos a los otros y una manifestación de amor hacia lo que son las personas de nuestro entorno, lo que representan y lo que pueden aportarnos.

Cuando sentimos empatía nos conectamos, independientemente de que compartamos los mismos valores y busquemos los mismos fines. Esa es una de las grandezas de la empatía.

Por empatía definimos aquel sentimiento o sentimientos que nos permite interpretar y dar valor a las motivaciones y a los pensamientos de los demás, a entenderlos, a comprenderlos y a ajustar nuestros esquemas mentales para darles cabida cuando no estamos en absoluto de acuerdo o en sintonía.

Podemos, por ejemplo, no ser creyentes, no creer en la religión, pero entender perfectamente y asumir los valores religiosos que forman parte de toda creencia y hacen entrar a las personas en comunión.

Podemos no ser creyentes, pero estar conectados con quienes tienen fe por la forma en la que manifiestan su dedicación a los demás, expresan su bondad o son capaces de sacrificarse por los otros de acuerdo a sus propios valores.

Esa es la grandeza de la empatía, entender y compartir, sin llegar a estar de acuerdo. Se trata por tanto de una fórmula en la que se nos ofrece la tolerancia.

Pero, como el resto de valores humanos, la empatía se descubre, se redescubre y, por supuesto, se trabaja, para algo tan simple como relacionarnos en igualdad con nuestros semejantes para sentirlos vivos entre nosotros. Pero ¿cómo ganar empatía, cómo hacerlo?

Se consigue desarrollar empatía cuando hay una buena comunicación emocional en las familias, cuando a las personas que viven bajo un mismo techo, se las ha comprendido y se las ha aceptado.

En otras palabras, personas empáticas son o serán las que han visto como los demás a su alrededor les han apoyado, las que han recibido un debido y sincero consuelo y a las que se les ha estimulado para superar sus miedos.

Si ese es el entorno y el ambiente en el que la empatía brota, hacer lo contrario, ridiculizar los sentimientos, los pensamientos ajenos, poner en duda los valores crea la inseguridad en la persona que sufre ese tipo de comportamientos y comentarios.

Una persona criada en un ambiente así tendrá pocas motivaciones para entender al otro y abrirse no sólo por sí mismo, sino para entender el significado de lo que los otros pueden aportarle. No hay retroalimentación en la observación.

¿Qué hacer entonces? Pues algo tan primario como escuchar con antención, sin establecer prejuicios morales, sin prejuzgar a nadie y un poco más, entender cuánto hay de cierto y de valor y de positivo en la vida de los demás que nos podrá ayudar a hacer crecer la nuestra, desde dentro hacia afuera ¿quiere intentarlo?

Póngase manos a la obra pues, póngase en la piel de quienes le rodean, ese es el camino. Con la empatía ganamos amigos, pero sobre todo un profundo placer por compartir.

Empatía, en la piel de las emociones ajenas.