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Vivimos asidos a esquemas mentales propios que nos hablan de cómo debe ser el mundo, de cuales deberían ser las reacciones de los demás, de nuestras metas y hasta de cómo deberían tratarnos.

Se trata de una tiranía que habla por sí misma, la de los ‘deberías’, que nace de nuestra rigidez mental y que nos ayuda poco a vivir en armonía con nuestro entorno social, con nuestro entorno familiar, pero, sobre todo, con nosotros mismos.

Hablamos de la rigidez mental, de esquemas mentales personalizados que fabricamos a nuestra imagen y semejanza, que aceptamos como argumentos de peso e invariables y que llevamos a los demás, al trato con los otros, en la confianza, en la creencia, de que ellos se mueven, se inspiran en los mismos principios que nosotros, que ven con el mismo cristal con el que vemos nosotros.

Olvidamos que todo, absolutamente todo, como dice el aforismo popular, es del color del cristal con que se mira. Y así nos puede ir y así dejamos que las cosas nos vayan.

El concepto realmente importante para combatir esta tendencia de la psicología humana demasiado común es la flexibilidad mental, la creencia cierta de que otro mundo, distinto al nuestro es posible.

¿Cómo podemos cambiar esa forma de mirar el mundo y a las personas que lo pueblan? pues trabajando nuestra interpretación de la realidad en varias direcciones.

Una primera dirección para el trabajo personal de recuperar la flexibilidad mental es dejarnos seducir por la relatividad. Dejarnos caer en la cuenta de que nuestros principios se han formado y forjado en la situación y bajo las condiciones en las que hemos crecido y con lo que hemos compartido.

Pero hay otras formas y lugares para nacer, crecer y desarrollarse tan válidos de los que también podemos aprender. Una parte de esa relatividad es la que reconocemos como crecer, en el sentido más popular del término, crecer evolucionando y asimilando lo mejor de lo que nos envuelve.

Un segundo punto a descubrir es precisamente el de la rigidez. La rigidez de criterio es la fórmula magistral con la que intentamos obtener certidumbre a nuestra medida. Si las cosas son comprensibles, claras, nítidas, blancas o negras, serán más fáciles de entender y hasta de sobrellevar. Abrirnos a otras fórmulas es parte de ese aprendizaje en sintonía con la relatividad.

Y por último, dos argumentos más. La fijación que tenemos con el futuro y la cerrazón con la que nos oponemos a los cambios.

Dejamos de vivir el presente y hasta asentar con fuerza las bases de nuestro futuro en la creencia de que ese futuro lo arregla todo. Colocamos lejos las soluciones hasta el punto de vivir de manera inflexible el presente, agrandando el efecto de lo que ocurrir? un tiempo indeterminado más adelante. Se trata de una ilusión a la que contribuimos con nuestro esfuerzo de seducción muchas veces mal encaminado.

Y la cerrazón es precisamente lo que acabamos de describir, ese empecinamiento con el que facturamos nuestras cuentas en el día a día, ignorando lo esencial, desvirtuando lo que realmente nos puede ayudar, haciendo ojos ciegos a lo que nutre cada uno de los días de nuestra vida y lo que nos puede aportar el mundo y los demás, tan divergentes, tan diferentes de nosotros. Flexibilidad.