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La frustración se puede definir como el estímulo negativo que recibe el ánimo, la psique de un individuo, de forma más o menos fortuita, cuando no se consigue alcanzar una meta esperada y deseada.

La frustración seria una sensación de malestar que se puede equiparar con el de una pérdida, la pérdida de lo no conseguido. En ocasiones, hay personas que con un nivel bajo de madurez acaban por crear todo un mundo de sensaciones y situaciones negativas derivadas por un malestar que ha surgido de una frustración.

Con todo ello, la frustración sólo se perpetúa y la vida del frustrado y hasta de las personas que le rodean puede acabar percutida por ese hilo conductor de malestar sin sentido. Manejar la frustración, sobrevivir a sus efectos, evitar que aparezca como motora de nuestro malestar diario es parte del conjunto de fortalezas con las que ha de dotarse cualquier persona que quiera vivir en equilibrio con lo que le rodea, con los que le acompañan y especialmente consigo mismo.

Pero ¿cómo se supera la frustración? Pues por la vía más corta, por el camino de la aceptación, una aceptación que no quiere decir resignación. Aceptamos aquello que admite nuestro verdadero papel en la realidad de las cosas.

Un ejemplo, tal vez clarificador. Estar frustrados por no ser más inteligentes, convertirlo en un pensamiento recurrente es una cosa, pero alentarlo para que nos enfrente una y otra vez a la misma frustración tiene menos sentido aún.

Lo que realmente nos salva de los efectos de la frustración, en este caso que nos ocupa, es admitir nuestras propias limitaciones, sin victimismo.

Pero haciendo algo más. Si realmente nos preocupa nuestra desenvoltura intelectual, nuestra inteligencia, ¿por qué no hacer algo? Estudiar, capacitarnos, estimular nuestras habilidades intelectuales.

Eso nos acercará más al ideal de inteligencia que nos satisface y nos pondrá en movimiento en la dirección contraria al lugar de donde vienen o donde nacen las frustraciones.

En resumen, la frustración se resuelve con dosis de realidad, con pragmatismo, con la acción encaminada a dotarnos de lo que nos falta o para recuperarlo, aliñado con paciencia, con entrega y, hasta si me apura, con pasión, con pasión por alcanzar la propia felicidad. Tan sencillo como eso. Ese es el camino.