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MADRID, 06 (EUROPA PRESS)

Los pacientes que sufren un infarto de miocardio agudo tardan una media de casi tres horas (unos 165 minutos) en ser atendidos en un hospital desde que aparecen los primeros síntomas, según los últimos datos del Estudio «Análisis del Retraso en la atención del Infarto Agudo de Miocardio» (ARIAM), que desarrolla la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias (Semicyuc) en 85 hospitales españoles desde 1994.

Esta última actualización, que incluye los datos de 2.422 pacientes que ingresaron con un síndrome coronario agudo (SCA) en la UCI entre el 1 de febrero y el 30 de abril de 2009, muestra que el problema es que se mantiene en 75 minutos el tiempo que tardan los pacientes en pedir ayuda a los servicios sanitarios tras sufrir los primeros síntomas, tiempo «crucial» donde se concentra gran parte del retraso en la atención a estos enfermos.

Así lo ha explicado este miércoles el doctor Francisco Felices, jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos del Reina Sofía y uno de los coordinadores de este trabajo, para quien atender al paciente durante la denominada «hora de oro», los primeros minutos tras la aparición de síntomas, «podría reducir el porcentaje de muertes por infarto de miocardio agudo entre las personas que logran llegar al hospital», situado entre el 10 y el 11 por ciento.

«Entre que el paciente tiene el dolor y se decide a pedir asistencia tenemos una mediana de 75 minutos, mucho tiempo, muchísimo. Eso es un reto sin duda, ahí esta la clave del problema porque la primera asistencia médica desde el momento en el que el enfermo se decide a llamar hasta que llegamos es muy rápida, en 16 minutos el médico del 112 está actuando», explica.

«Cuando sumamos los tiempos de transporte para que el enfermo llegue al hospital, la mediana supera las dos horas, es decir, que los primeros pacientes nos llegan con mucho retraso y ahí es donde podemos comenzar a actuar realizando un electrocardiograma con el que, en ocho minutos, tenemos un diagnóstico», señala.

DIAGNÓSTICO EN OCHO MINUTOS

Una vez en el hospital, apunta, los médicos «no sólo son rápidos, sino también muy eficaces, porque tras el diagnóstico lo hacen es abrir la arteria y lo hacen en el 80 por ciento de los casos, por un método que puede ser farmacológico –para «disolver» el trombo– o por uno técnico, que es la angioplastia». «Para nosotros –dice– este porcentaje es un éxito».

A su juicio, se podría reducir el tiempo de reacción del paciente que sufre un infarto concienciándolo de la importancia de acudir al médico «en cuanto sufran un dolor opresivo en el pecho, tras el esternón, que se irradia a cuello y hombros, hasta llegar al brazo izquierdo, y que va acompañado de mareos, nauseas o vómitos».

«El 99 por ciento de los casos de infarto de miocardio agudo presentan este mismo cuadro clínico, salvo en el caso de los diabéticos, que no sufren dolor», indica el especialista, para quien, en personas mayores de 60 años y mujeres postmenopausia, «es preferible pecar de hipocondríacos», pues mueren el 40 por ciento de los pacientes con infarto que no llegan al hospital.

TOMAR MEDIA ASPIRINA DURANTE LA ESPERA

Para el doctor José Cuñat, vicepresidente de la Semicyuc y otro de los coordinadores de este trabajo, el tiempo para la primera atención al infarto se podría reducir también si, al notar los primeros síntomas, el paciente tomara media aspirina de adulto, mejor en formato masticable, ya que «llega antes al torrente sanguíneo». Si no es el primer infarto, dice, el paciente debe tomar «la medicación específica que su médico le ha recetado».

Por otra parte, Felices ha destacado que «el 50 por ciento de los pacientes lo sufren de improviso, cuando estaban practicando deporte, con una situación de estrés o viendo la televisión», ya que la enfermedad coronaria es «un asesino silencioso» con el que hay que estar alerta a los factores de riesgo.

Según el estudio de la Semicyuc, un 57 por ciento de los pacientes que ingresaron en la UCI con una angina de pecho o infarto de miocardio eran fumadores o ex fumadores; el 54 por ciento tenían hipertensión arterial; el 45 por ciento dislipemia; el 30 por ciento diabetes; el 10,65 por ciento antecedentes en el historial clínico familiar y el 17 por ciento obesidad. «Sólo el 5,5 por ciento no presentaba ningún factor de riesgo», anota.