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La frustración es una mala compañera de viaje, una mala conversadora con la que mantener un sano diálogo interior y, hecha rutina, un pozo sin fondo que nos puede consumir nuestra vitalidad, las buenas intenciones y hasta el futuro que hemos trazado para nosotros.

Muchos de los desajustes asociados a ella que sobrellevamos a nivel psíquico vienen dados por la distancia que se establece entre lo que deseamos en nuestro fuero interno que sea y lo que realmente acaba siendo, como consecuencia de las interferencias de otras personas o por las que surgen de toda una casuística de circunstancias fortuitas en la realidad que nos rodea.

Aprender a entender que sólo somos capaces de mover lo que depende de nosotros es el comienzo, un buen comienzo, para comprender también el lugar que ocupamos en el mundo, en nuestro mundo y el papel que nos toca desempeñar para desactivar inquietudes, en el mismo camino de autorrealizarnos.

Todo lo demás, es llevar mal lo que se desprende de ese desajuste entre lo que queremos y lo que puede ser y finalmente es, y que sólo nos conduce a la frustración. De la frustración no resuelta, a toda una serie de sensaciones físicas y psíquicas que nos alejan de la sana tranquilidad de estar a gusto donde estamos, con quienes queremos estar y hasta con nosotros mismos.

 
Pero ¿cómo reconocer la frustración? La frustración se puede dejar ver, por ejemplo, con las frases que empiezan por ‘debería’ que nos obligan a caminar en la dirección de alcanzar una meta y sólo esa. Se trata de una forma de control unívoco sobre los resultados futuros que se vive como una imposición, por demás, propia y limitante. La frustración también puede abrirse con el pensamiento automático, automatizado, sin reflexión, el impulsivo, que deja poco o nada de espacio a la búsqueda del ajuste sensato entre lo que realmente queremos y lo que hacemos para alcanzar eso que deseamos.

Otra fórmula para llegar a la frustración es la de dejarnos guiar por los demás, desatendiendo las responsabilidades que nos toca en lo que nos interesa. Capacitarse para decidir solo se consigue decidiendo de forma autónoma.

Seguir las normas por lo que dicen los demás, puede ser una de tantas formas de poner nuestros intereses en lo que creemos que está bien y en lo que agrada a los otros. Vivir para la galería puede ser, a la larga, motivo de frustración porque nos aleja de nuestros deseos.

Evadirse, abandonar o buscar una meta alternativa pueden ser otras formas de hacer aparecer la frustración, pero no el verdadero camino para enfrentarse a los hechos que consideramos inadecuados o insuperables.

Volver a centrarse en la senda de la resolución del conflicto, por muy doloroso que nos resulte, nos puede acercar al destino mucho más que cualquier alivio provisional de la evasión, el abandono u otro plan alternativo, porque el problema no solucionado seguirá latente en nuestra psique, con toda la fuerza de la frustración.

Otra manifestación de la frustración, la más triste y desagradable, es la agresión directa contra algo o alguien con la que involuntariamente queremos saldar nuestro malestar. En la agresión desplazada, atacaremos a terceros, siempre más débiles, ante la imposibilidad de hacerlo contra quien o quienes nos provocan la frustración.

Y es que la frustración no es más que un espejo en el que se refleja cada uno de los dolores de nuestra alma, sanarla siempre formará parte de nuestras obligaciones más elementales.