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Cuando se habla de decoración, el foco suele estar puesto en el qué, en los elementos que vamos a utilizar. Como mucho, sobre esos elementos existe un criterio unificador que suele ser un tema como, por ejemplo, la primavera, los tonos marinos, un toque oriental, etc.

Menos veces se aborda el fin de la decoración, para qué se decora. A lo más que se llega es a admitir que los muebles y accesorios cumplan la tarea que se les encomienda pero entonces la decoración tiende a llamarse funcional, con un cierto aire despectivo y reservado para las oficinas o los negocios.

Sin embargo la misión de la decoración, el objetivo que perseguimos al completar una habitación puede ir desde el “porque sí” hasta una idea mucho más sofisticada, un plan para llenarla de vida o de alguna cualidad especial que llevemos buscando desde hace tiempo. Por ejemplo, una vez que los hijos abandonan la casa familiar se aprovecha su habitación para tener el despacho o la sala de lectura que siempre se había soñado y en esa habitación se vuelcan emociones y sentimientos acumulados durante años, no se trata de hacer una habitación cómoda para leer, sino que se trata de hacer “nuestra” habitación para leer, con una estantería especial para la colección de libros de “Los Cinco” que nos acompaña desde nuestra infancia o una mesa vintage tal y como nos imaginamos que era la mesa en la que la protagonista de aquella novela leía siempre los periódicos mediante los que el asesino iba dejando sus pistas. Eso es una habitación decorada para la felicidad.

La decoración para la felicidad, sin embargo, no tiene por qué ceñirse a habitaciones especiales o de capricho.

El ejemplo anterior, la sala de lectura, se presta perfectamente para aclarar a qué nos estamos refiriendo pero el concepto de decoración para la felicidad es perfectamente aplicable a cualquier trabajo de decoración. Más allá de seguir un guión limitado por un tema, se trata de completar nuestra decoración con los elementos que nos van a hacer felices, manteniendo siempre el equilibrio. Dejarse llevar en exceso nos conduce al pastiche, a la decoración sobrecargada a lo hortera sin tapujos.

Para aclarar conceptos con un ejemplo práctico, supongamos que nos acaban de entregar un apartamento en la playa totalmente vacío y hay que decorarlo. De entrada, tenemos varias opciones:

  • ir comprando muebles o habitaciones enteras o lámparas o lo que sea según se nos vaya ocurriendo o según nos vaya haciendo falta (esto que parece lo más caótico es, sin embargo, lo más frecuente).
  • entrar en algún sitio web de venta de decoración y encargar todo el mobiliario en un estilo determinado y uniforme para todo el piso, puede ser pino rústico, diseño escandinavo, muebles funcionales de cerezo o nogal de lo más clásico.
  • elegir un tema, pongamos como ejemplo el náutico que para eso es un piso en la playa, y sumar elementos a ese tema: desde cojines en distintos tonos de azul a cortinas con apariencia de velas, taburetes marineros para la cocina o colchas de rayas azul marino. Lo normal será mezclar varios estilos de mobiliario en tanto se mantenga la unidad de tema.

Y ahora, sobre cualquiera de esas opciones se superpone el concepto de decoración para la felicidad. Analizando nuestra decoración nos preguntaremos ¿qué es exactamente lo que nos gustaría que tuviese nuestro apartamento de la playa? ¿qué cosas cambiaríamos de las que están ahí porque siempre se han hecho así?

Por ejemplo ¿por qué tengo que poner cortinas si a mí me haría feliz una mesa estilo industrial junto a la ventana para hacer mis dibujos? ¿Por qué no puedo colocar cajones para cubiertos bajo la mesa? Si para mí no es verano sin las siestas en el sofá ¿por qué no puedo tener un “colgador” para los mandos a distancia que me evite tener que levantarme a buscarlos? ¿Por qué tengo que tener un cuadro encima del cabecero de la cama y no una estantería para mis revistas?

Yo sólo quiero que la decoración me ayude a ser un poco más feliz.

¿Se entiende?