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La mejor salud familiar se deja sentir en el seno de un grupo de parientes y de personas emparentadas como el buen estado físico y psíquico de sus miembros.

Pero la salud, se deja ver también en otros aspectos menos visibles que tienen casi el mismo efecto beneficioso que librarse de las enfermedades por una correcta alimentación, por hábitos saludables y el mejor descanso.

Uno de esos aspectos de la salud familiar que lo son pero que no resultan tan evidentes es el factor comunicación. Entendiendo por comunicación, el beneficio de una verbalización de los pensamientos y de las inquietudes que proporciona el estrechamiento de los lazos de parentesco, sin ir más lejos, cuando se fomentan actividades en común o cuando hay un buen desempeño en el reparto de tareas en un trabajo en común como el de mantener en orden y limpia la casa familiar.

Todos estamos de acuerdo en que la buena sintonía familiar brota cuando hay una aceptable comunicación entre los miembros de la familia y cuando se crean los canales adecuados para proyectarla de forma espontánea.

Por éso, fomente las comidas en común, los encuentros para disfrutar del ocio, las fiestas en la que todos participan o esas tareas que también todos aceptan y hasta que se disfrutan.

 

Piense que una buena comunicación familiar permite que nos sintamos a gusto con las personas con las que estamos en mejor disposición de reconocer, las que nos han dado la vida, a las que nosotros se las hemos dado, con aquellos que nos conocen como nadie y en los que nos hemos apoyado y nos apoyaremos durante toda la vida. Comunicarse adecuadamente con las personas que son nuestras referencias emocionales representa una necesidad y un deseo encomiable cuando se busca de manera natural.

Pero ¿qué es lo que debemos buscar y evitar en la comunicación familiar? Lo primero y más deseable es adaptar esa comunicación en sintonía al rol de cada cual. Los padres no pueden, ni deben comunicarse con sus hijos como si fueran sus amigos. Su papel de padres es vital. Los tíos han de ser éso, tios, y no padres, y los abuelos, poco más o menos que lo mismo. La comunicación, integrada en el rol de cada persona y de forma coherente, desactiva conflictos potenciales que propician las interferencias por desempeñar papeles que no son los propios.

Eso no impide que una buena comunicación familiar pase por guardar secretos de familia. La normalidad y la búsqueda de la autenticidad en las relaciones han de ir siempre por delante, al paso de la aceptación mutua y de la tolerancia. Algo que no significa tampoco diluir la personalidad de cada cual en un ‘todo vale’.

La buena comunicación familiar es hablar de los problemas de cada uno para encontrarles solución. Pero también ser equitativos, ser lo más flexible que se pueda en cada circunstancia huyendo de dogmatismos. Y, en esa línea, dar suficiente holgura a las creencias familiares como para permitir adaptarlas a nuevas circunstancias.

Y eso comienza con algo tan simple como dejar a un lado los ‘latiguillos’ de cada familia en su forma de verbalizar la comunicación sobre requerimientos y exigencias. Puede empezar por sustituir aquel ‘como siempre se ha hecho’ o ‘como lo hacemos siempre en esta familia’ por un ‘ a ver cómo lo podemos hacer ahora todos juntos’. Comunicarse bien y en sintonía para sentir la familia.

La buena comunicación queda en familia.