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Los gatos son animales domésticos que nos proporcionan muchas satisfacciones, aunque también tienen mala fama de ser un riesgo potencial para la seguridad de los niños pequeños. Sin embargo, algunas pautas pueden ayudarnos a mejorar la convivencia Los gatos tienen mucho que ofrecer a los niños pequeños, con sus juegos, con la interacción que procuran, siempre claro, que haya una supervisión activa por parte de los padres.

Sin embargo, muchas veces los padres saben poco o nada sobre el comportamiento felino, y lo poco que saben suele provenir de fuentes poco o nada informadas sobre las costumbres de los gatos. Lo normal es que los padres, como la inmensa mayoría de ciudadanos, crean que los gatos pueden, sin más, lastimar a los niños pequeños si se les deja juntos.

Y no es así, los gatos suelen ver a los niños pequeños como sus hijos en vez de verlos como competidores. Si el gato ha asumido la presencia del niño en la casa, el gato solerá estar motu propio alrededor del niño en el momento en el que el pequeño se alimenta, se baña o se asea. Lo más sorprendente es que los gatos de la familia, implicados con la presencia de los niños incluso comprobarán con cierta periodicidad que el niño está dormido en su cuna.

Hay gatos -y esto es para asombrarse- que incluso hacen esfuerzos para enseñar a los niños pequeños de la casa a cazar como si se tratara de un congénere, de un gatito. En algunos casos, se han dado muestras de verdadera empatía por parte de los gatos cuando han traído al entorno de los niños pequeños ratones muertos recién cazados para acercar los olores y mostrar al pequeño cómo es la caza que debería atrapar para sobrevivir. Ahí es nada.

Sobre el problema de las mordeduras y de los arañazos que pueden sufrir los niños con el juego de los gatos, varias consideraciones. Los gatos que juegan son estimulados y en ocasiones pueden ir más allá de los límites tolerables para arañar. La solución es no sobreestimularlos para evitar llegar a ese punto del juego en el que se descontrolan.

Decirlo es fácil, los niños suelen hacer cosas que pueden hacer saltar el instinto natural de los gatos, como movimientos violentos o fuertes gritos y que pueden inducir al animal a defenderse. Si esto ocurre, lo normal es que se castigue al gato, cuando el animal sólo se está comportando de forma instintiva.

De todas formas los gatos suelen recibir como una amenaza menor, o no tener miedo alguno, de los niños pequeños que tienen poca movilidad, que apenas si gatean o poco más. Reaccionan, eso sí, con los juegos más agresivos y violentos de los niños mayores que suelen molestar a los gatos y que no va con su temperamento. Con señalar a los niños algo mayores qué es lo que no deben hacer con los gatos para ponerlos a la defensiva, puede ser suficiente.

Algo que hay que evitar es estimular a los gatos con esos juegos de luces y sombras, incluso empleando un haz de láser para ver cómo reaccionan. Los animales pueden verse condicionados a buscar ese tipo de efectos en otro momento cuando estén con el niño sin que aparentemente se produzca estímulo alguno. Se trata, por tanto, de evitar un reflejo condicionado en su conducta doméstica. Por lo demás, sólo se trata de aplicar el sentido común y entender que los gatos se comportan como gatos y que empezar por entender eso es dar un paso hacia una complicidad con su mundo que puede muy bien ser también el nuestro y el de nuestro hijo o hija. Téngalo en cuenta. Gatos y niños, convivencia segura.