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La obesidad infantil es un problema de salud que afecta de manera creciente a los niños que viven en sociedades occidentales y desarrolladas. Estudios médicos recientes hablan de que en España, por ejemplo, la tasa de sobrepeso infantil y juvenil está en el 24%, 24 niños y jóvenes de cada cien tienen peso excesivo. Pero lo más preocupante es que, según esos datos, el 14% de ese segmento de la población no tiene sobrepeso, tiene obesidad.

La obesidad infantil crea dificultades para el desarrollo normal del niño, tanto físico como psíquico. En lo que se refiere a lo psíquico, podemos hablar de las consecuencias del rechazo de los niños que no se ajustan a una estética standard y de sus dificultades para seguir el ritmo físico de los demás. Algo que puede dejar secuelas en la autoestima de los menores.

El origen de la obesidad infantil hay que buscarlo en una sobrealimentación, en unos hábitos alimenticios basados en productos con exceso de calorías, fundamentalmente bollería, y, al mismo tiempo, en la desaparición de hábitos saludables como el ejercicio regular.

La obesidad infantil es también una consecuencia indirecta de algunos cambios experimentados por las costumbres de la población occidental en los últimos años. Cambios que han asumido los mayores, pero que, por extensión, han afectado a los niños. Cambios como los del incremento de la motorización en todas las actividades humanas. Ahora se camina menos y los niños han dejado igualmente de desplazarse a pie.

Otro de los cambios de hábitos de los niños actuales es el de la modificación de sus juegos, ahora sus actividades lúdicas son menos físicas y giran en torno a juegos pasivos, en muchos casos desde el ordenador o con las videoconsolas, que los ha vuelto tan sedentarios como sus padres.

Un último punto de inflexión que ha ayudado a propagar la obesidad infantil entre los más pequeños es la ausencia de estímulos en favor de la actividad física, por parte del entorno familiar, por parte de los medios de comunicación, que muy al contrario privilegian la pasividad de los más pequeños como espectadores deportivos, más que como actores y participantes activos de sus propias iniciativas basadas en el ejercicio físico.

En muchas ocasiones, la obesidad infantil es consecuencia de unos hábitos alimenticios familiares totalmente inadecuados, sólo hay que ver ver cuantos hijos obesos tienen padres y hermanos con sobrepeso y hermanos.

Si su hijo padece sobrepeso, es el momento de actuar, un niño obeso alimenta a un adulto obeso, ese niño tendrá todos los números para convertirse también en un adulto con sobrepeso.

Actúe ya, proponiéndole cambios, para que haga ejercicio, para que los acepte como parte de su actividad diaria. Acompáñelo a su cita con el deporte, inscríbalo en un grupo deportivo o hágale descubrir una disciplina que está cerca de sus gustos.

Pero haga algo también por su alimentación, racionalícela. Es verdad que un niño necesita de una buena alimentación para crecer, pero también tiene que entender que la bollería, el exceso de dulces, nada tiene que ver con alimentarse de manera sana y con la provision de nutrientes que necesita para crecer de manera armónica.

Empiece por sustituir esa bollería y esos refrescos y zumos azucarados por fruta. Habrá iniciado el camino para recuperar la salud de su hijo, porque de eso se trata, de salud.