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El respeto es algo así como un valor con presencia constante en las diferentes mediaciones entre nosotros y alguien o algo con quien o con el que entramos en contacto. Hablar de respeto activo es hablar de valores humanos e implica un reconocimiento implícito del valor de una persona o de algo.

Aquí nos vamos a referir a diferentes aspectos relacionados con el respeto a las personas, aunque es obvio que, siendo una condición humana en la relación con el mundo, alcanza a todo lo que nos rodea, a los animales y a las cosas inanimadas. Se puede y se debe respetar a un perro o a un gato, se puede y debe respetar la propiedad ajena.

Una primera pregunta básica alrededor del respeto es cómo cultivarlo hacia los demás y cómo hacerlos valer de los otros hacia nosotros. De eso vamos a hablar, de los límites, de los extremos. De los ámbitos en los que el respeto se pierde.

El respeto hacia las personas y de los demás hacia nosotros vendría a ser sano y estimulante para las relaciones cuando se sitúa en un punto medio entre dos conductas que acaban con él y lo cuestionan, lo minan. Uno de los extremos incompatibles con el respeto es el miedo. El miedo propio y el miedo inducido por otros. Sería una falta de respeto por defecto.

El miedo propio nos imposibilitaría a disponer de autoestima, a vernos capaces de superar cualquiera de las dificultades que nos rodean. El miedo actuaría como una discapacidad que nos arrebataría el respeto propio a nuestras capacidades.

Si el miedo es inducido por terceras personas sobre la base del sometimiento o la anulación de nuestros logros o de nuestras facultades, estaríamos en la misma situación, con los mismos resultados, una falta de respeto hacia nuestra persona.

El otro extremo de las relaciones y del comportamiento humanos que acaban con el respeto es el que se establece por exceso. En este caso, son los demás, las situaciones creadas por los otros, las que traspasarían el límite de lo tolerable para adentrarse en el terreno del abuso. Las conductas ajenas desarmarían nuestros derechos.

Tanto en un caso como en otro, tanto por defecto como por exceso, por nosotros mismos o por la acción de terceros, la falta de respeto, la ausencia de consideración, menoscabaría nuestro valor y nuestros valores.

¿Cómo defenderse pues de las faltas de respeto? De un forma simple, estableciendo los límites para las conductas de los demás, colocándonos en la situación de reconocer nuestra autonomía y de ejercerla y disfrutarla de acuerdo a nuestros principios, de acuerdo con nuestras prioridades.

Una forma de conocer cómo está la salud de nuestro respeto es identificar la forma en la que mantenemos nuestro dialogo interior, la manera en la que los demás nos hablan y nos tienen en consideración. Tenga por seguro que si sus razonamientos sobre sí mismo le inducen a una negatividad continuada o no se siente cómodo con cómo es tratado por las palabras ajenas, su respeto puede estar en riesgo.

¿Qué hacer ante una situación así? No hay recetas, cada persona es un mundo, pero tenga en cuenta, por encima de todo, que nadie hará respetar sus valores, su vida, como usted mismo. Usted siempre tiene la última palabra.

El respeto se da y se gana, no se regala.