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La educación de los hijos es una tarea, un trabajo, en el que nunca se toman vacaciones. Una dedicación en la que estamos obligados a volcar todo nuestro afecto, toda nuestra voluntad, pero también firmeza para esforzarnos en hacerles comprender que vamos en serio, que nos tomamos en serio su formación como personas.

Dedicación y firmeza envuelto todo en constancia, la nuestra. Vamos a darle en estas líneas algunas claves sobre actitudes y comportamientos suyos y los de sus hijos de los que deberá huir o que deberá procurar para hacerles llegar ese ideal de educación moral. Vamos con esos detalles, uno a uno.

Mimos, no. No al exceso de mimos que basan su educación emocional en los obsequios afectivos. Con ellos, esperarán que todo se les de en la medida en que lo piden. Con esa forma de comportarse, su educación basada en el esfuerzo será muy poco adecuada. Serán adultos que habrán labrado sus intereses con el egoísmo como referencia. Se moverán por caprichos, esperarán que se les dé. Es más, de no recibir recompensa, vivirán situaciones simples con inseguridad y hasta con falta de dominio sobre sí.

Educación para la renuncia. Los hijos deben ser educados para recibir de sus padres noes argumentados, que les ayudará a entender de límites. Esos noes serán una escuela de aprendizaje con los que capacitarlos para las renuncias también con argumentos. Los hijos que aprenden por su educación a saber que existen noes para lo permitido, sabrán moverse para decir también no a lo prohibido.

No a la violencia verbal. La ira no tiene nada que ver con la educación. Si se acostumbra a basar la educación de sus hijos en hacer valer los principios propios por estar dos tonos por encima en una discusión verbal, estará trasladándoles el mensaje de que quién grita más tiene más razón y, peor aún, está más cerca de conseguir lo que quiere. Eso tampoco es educación como comprenderá.

Confianza. Ganarse la confianza de los hijos con una cercanía emocional y sentida puede convertirse en un privilegio que puedes disfrutar. Guardar, ser depositarios de sus intimidades y secretos, y compartirlos con ellos puede hacer brotar la confianza. El trabajo de los padres es acercarles ese valor el de confiar emocionalmente y de hacerlos disfrutar también de esa conexión, de esa cercanía.

Dar ejemplo. Dar ejemplo es ser coherentes con los argumentos de la educación que estamos intentando trasladar a nuestros hijos. Se trata de que también nosotros los asumamos. La idea es que si hacer esto o lo otro es tan bueno para ellos como decimos, también lo ha de ser para nosotros. Si hacemos lo contrario o ignoramos esas pautas, será una incoherencia que no podremos explicar sin caer en contradicciones. Eso, además, les ayudará a orientarse a creer y confiar en los demás, sobre todo, sus padres. Apliquémonos el cuento, ¿no cree?

Escuchar y sentir. Todos tenemos necesidad de expresar lo que sentimos, necesidad de ser escuchados, de aliviar con ello nuestras tensiones y dudas y de encontrar en la persona que nos entiende ese apoyo moral y hasta espiritual que nos alienta emocionalmente.

Ser padres y entender que escuchar es parte de su trabajo para la educación es poner las bases de la confianza de la que hablábamos y el mejor entendimiento entre personas que viven cercanas, conectadas y vinculadas. Padres e hijos.

La educación de los hijos, ese trabajo a tiempo completo.