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Ayer mi hija llegó a casa después de ir a visitar a sus abuelos. Se me rompió el corazón cuando la vi, con un gran chichón en la frente y las lágrimas corriendo por sus mejillas. Según me contó, había dado un salto mortal… en una escalera. Parece que mi hijo había dejado caer una pelota escaleras abajo, y ella intentó recogerla. Cuando se acercaba a la base de la escalera, tropezó y cayó por los tres escalones que le restaban.

En esos momentos, a los padres nos gustaría ser magos. ¿Por qué no podremos decir «Abracadabra» y hacer que la herida desaparezca?. Creo que el chichón y los rasguños me molestaban más a mí que a ella. La niña me repetía que se encontraba bien… ¡Seguro que no lucía bien! ¿No se supone que los padres debemos proteger a los hijos? ¿Por qué no estaba yo allí para evitar que cayera, o apartarla de las escaleras? Hablando con mi madre ayer por la tarde, descubrí que yo no era la única que se sentía culpable. Tuve que jurarle a mi madre que ella no tenía la culpa mientras trataba de combatir mi propio sentimiento de culpabilidad.

La verdad es que, no importa cuánto lo intentemos, no podemos proteger a nuestros hijos de todas las caídas. Pero podemos estar allí para levantarlos, secar sus lágrimas y ayudarlos a seguir adelante. Y las cosas podrían haber sido mucho peores. Todavía me da miedo pensar que podría haberse hecho mucho más daño. Tuvimos mucha suerte de que lo peor fuera un chichón en su frente.

Cada vez que mis hijos se enferman o se hacen daño, me siento capaz de arreglarlo todo. Mi hija me hace sentir que no necesito ser una «súpermadre»: sólo tengo que estar junto a ella. Con la madurez que sus casi cinco años le han dado, seguía diciéndome que estaba bien, que no le dolía, y el chichón se está reduciendo. ¿Quién estaba consolando a quién en esta situación? En ese momento aprendí una nueva verdad sobre la maternidad … No sólo estamos aquí para enseñarles a nuestros hijos, sino para aprender de ellos. Mi hija me estaba recordando que todo lo que necesitaba de mí era mi amor, y el resto se solucionaría por sí solo.

La abracé muy fuerte, puse hielo sobre el chichón, le di un medicamento para aliviar el dolor y luego la llevé a la cama. Pasé una noche larga y agitada, y no me sentí mejor hasta que la vi levantarse a la mañana siguiente con una sonrisa en la cara, y nada más que un arañazo que nos recordaba su caída.

Ella me enseña cosas todo el tiempo. Cuando la vida transcurre y durante su transcurso tropezamos, nos levantaremos y seguiremos andando. Nos ayudaremos mutuamente, porque para éso está la familia. Hoy me sentí sobreprotectora, como si ella fuera más frágil ahora de lo que era ayer. Una parte de mí desea poder esconderla bajo mi ala protectora para siempre, pero sé que debo dejarla vivir su vida, mientras la hago sentir segura de que estaré allí cuando me necesite.

Mientras la ayudaba a abrocharse la chaqueta y ponerse los mitones y el gorro para jugar con su hermano en el patio de atrás, tuve que recordarle que los saltos mortales se hacen sólo en las clases de gimnasia, no sobre las escaleras. Ésto la hizo sonreír, y me respondió: «¡Pero mamá, fue una BUENA voltereta!»

Ella es siempre optimista: el sol de nuestras vidas.