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El rastrillo es una de las herramientas imprescindibles del aficionado dedicado a su jardín. Se trata de un instrumento con un uso específico que no pueden cumplir otras herramientas como la pala, los picos, las azadas y los azadones.

Porque el objeto del trabajo del rastrillo no es ni cavar, ni escarbar, ni picar y ni mucho menos transportar. El trabajo del rastrillo es más sutil, se emplea sobre una superficie de terreno ya dispuesto para su uso y que hay que tratar con delicadeza.

La misma palabra rastrillo evoca su trabajo, el cuidado de los rastros, los restos que quedan y que son de pequeño tamaño como para tener que ser retirados por otras herramientas más pesadas.

El rastrillo se usa para limpiar la superficie del jardín de todo lo que haya que retirar, desde hojas muertas que afean la tierra, a malas hierbas en fase de crecimiento, todo sin llegar a desmenuzar el terreno, sin hacer hoyos innecesarios, sin desnivelar la superficie, empleándolo como una escoba para barrer con la rigidez que no tienen los cepillos.

El rastrillo tiene la ventaja de que es rígido y al mismo tiempo flexible o muy flexible, según el modelo, se puede mojar y su acción se puede llevar tan lejos como permita el mango, un mango largo o más largo que facilita la tarea del jardinero trasladando la operatividad eficiente de la herramienta sin fuerza y ejercicios innecesarios.

El rastrillo en sí no puede ser una herramienta más simple, lo que, si acaso la hace más compleja, es la combinación de materiales diferentes en el diseño de sus rascadores y la configuración de sus verguillas, sus dientes terminales.

El rastrillo es una herramienta muy ligera, consta de un palo largo de madera o metálico, corrientemente de aluminio, y de ese rascador del que hablamos.

Las verguillas, los dientes, que, como los dedos de una mano, sirven para raspar, pueden ser finas y muy flexibles, lo que acerca al rastrillo a la categoría de las escobas más rígidas. Los dientes pueden ser de sección plana unidos entre sí, para aplicar más fuerza sobre el terreno, por ejemplo en jardines con un suelo más duro o más pedregoso.

En algunos casos esos dientes terminan en punta, medio que también hace más fácil herir la tierra o incluso algo mejor, poder ser utilizado como recogedor selectivo de hojas al poderlas pinchar y hasta clasificarlas de manera selectiva antes de retirarlas del suelo.

El rastrillo, que duda cabe, es una proyección de las manos y hasta de los brazos del jardinero y la extensión del mango hace posible la aplicación de una cantidad controlada de fuerza sobre la superficie en la que se trabaja.

Una de las preocupaciones de todo jardinero curioso es mantener en orden su rastrillo. Es frecuente que la zona intermedia entre dientes se llene de barro pastoso o seco que, a la larga, haga el trabajo de la herramienta menos eficiente y dificultoso. Por esa razón, es conveniente lavar con agua a presión el instrumento después de cada uso.

La oxidación de los dientes del rastrillo ofrecerá al jardinero un riesgo cierto de contaminación de sus plantas que no hay que dejar de tener en consideración..

En ese sentido, otra recomendación, el empleo de rastrillos de dientes de aluminio, de aleaciones inoxidables o incluso de madera hará más larga la vida de una pieza de las herramientas imprescindibles de nuestro jardín que hay que cuidar casi tanto como los mismos parterres.