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La salud familiar no es un estado que podamos en modo alguno considerar como algo fijo e inamovible. Cambia diariamente, se expone a transformaciones y a alteraciones de muchas maneras diferentes, evoluciona con los ritmos de vida, con el de las condiciones del entorno y con las que impone la edad de cada uno de sus miembros.

Algunos de esos cambios del estado de salud son previsibles, otros resultan inesperados, y, aún otros, fortuitos y accidentales.

La salud familiar forma parte de procesos que se sostienen con medios, que se previenen, se construyen y que se vigilan todos y cada uno de los días bajo un ideal de equilibrio y que funciona, si hay implicación familiar, como una fuente de educación en continuo para los más pequeños de la familia, a los que hay que descubriles el valor de su salud desde la más tierna infancia.

La salud familiar depende de infinidad de variables, algunas internas, como a las que nos hemos referido antes, que se vigilan en el día a día. Otras, en cambio, son externas y están relacionadas con cuestiones psicosociológicas, con situaciones socioeconómicas y hasta con criterios socioculturales. Momentáneas unas, de más largo recorrido temporal otras.

Así, una infección puede ser consecuencia de una mala observación de la higiene personal, algo que tiene que ver con el orden interno de la salud familiar.


Sin embargo, cuando influyen cuestiones ajenas, externas, y estás, siguiendo el mismo ejemplo, son el resultado de una deficiente situación de salubridad en la distribución del agua de abasto que llega al domicilio familiar es cuando hablamos de cuestiones exógenas que pueden evitarse.

En cualquier caso, unas y otras pueden ser controladas con buenas prácticas, algunas con la aplicación del más elemental sentido común, como resulta de evitar los contagios, prevenir las afecciones, conocer de boca de personal sanitario competente y formado cómo adelantarse a las cuestiones de salud que ofrecen riesgos u observando el estado físico, individual de cada uno de los componentes de la familia dentro de su contexto.

Un buen estado de salud general de los miembros de la familia redundará, sin duda, en buenas relaciones de entre sus miembros, todo, sin dejar de respetar los derechos de cada uno, el de disfrutar de su libertad de acción en materia de salud.

Los sistemas de salud públicos son una garantía para el buen estado físico y mental de los ciudadanos, pero de puertas para adentro de un domicilio familiar las responsabilidades son materia de la competencia de los padres hacia sus hijos y de los cabezas de familia hacia sus progenitores mayores que puedan vivir en el mismo hogar familiar y que son más sensibles a padecer sus propios y diferenciados problemas de salud.

Salud familiar puede ser también algo tan básico como disponer de un botiquín de primeros auxilios, acudir regularmente a la consulta médica, informarse en materia de prevención, hacerse chequeos de manera periódica, preguntar y oír qué nos tienen que decir cada uno de los miembros de la familia sobre su estado o sus dolencias. Salud familiar es ser proactivos en la defensa del bienestar personal y en el común con empatía, con afecto, con dedicación.