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La soledad es una situación, pero también es un sentimiento. Se puede estar solo, vivir físicamente solo, aparte, y sentirse acompañado e integrado en el seno de la familia, en el del pequeño grupo que forman los amigos o en el de las personas del entorno y entre los afines, pero no deja de ser verdad que se puede vivir rodeado de gente, integrado en una familia y uno puede sentir esa misma soledad. Tal vez hasta rayando en el dolor que se asocia al abandono.

Y es que sentirse integrado, respaldado por otras personas, puede no tener nada que ver con el número de ellas que nos rodean, con los lugares llenos de gente y con la proporción de las que pasan por nuestro lado en cada jornada, sino con algo más sutil, con cómo sentimos esa relación, cómo sentimos la proximidad de otras personas con relación a nosotros, a nuestras emociones.

Soledad

Así, esa cercanía entre unos y otros, ese sentimiento que equivale a lo contrario de lo que despierta la soledad, en muchas ocasiones -más de las que probablemente estemos dispuestos a admitir- brota desde dentro hacia afuera, se comprende como una aceptación o no del contacto físico y emocional con los demás. Y hasta que estemos a gusto o no con el contacto con los otros.

Podemos estar físicamente separados de nuestras personas de referencia, de la familia, pero si en nuestro interior los sentimos cerca del lugar donde nacen nuestros afectos, se obrará la magia de que cómo a la soledad ni se la ve, ni se la espera. No es una contradicción, es simplemente el hecho de estar conformes con lo que nos pasa o disconformes con la realidad que nos envuelve, así de simple.

Cada persona es un mundo, cada ser humano responde a la soledad de manera diferente, pero hay un punto en común que nos conecta a todos con respecto a sus consecuencias negativas y positivas, y es que esa aceptación o esa negación de la soledad puede hacer mucho por nuestra vulnerabilidad o, todo lo contrario, porque no nos afecte. Porque una situación de soledad hay que trabajarla, para saber llevarla o, si eso es lo que se prefiere, para salir de ella. O para quedarse en ella, que también es posible aceptarla como una renuncia. De todo hay.

Reorientando este comentario hacia un sentido de soledad podemos referirnos a una en particular, la soledad de los que no comparten su vida en pareja, pero que sienten un profundo deseo de hacerlo. Está demostrado que vivir en pareja, compartir la convivencia -por supuesto que en armonía- es un elixir contra la peor especie de soledad. Por definición, cuando se está con una persona, con la pareja, se deja de estar sólo.

Un argumento de perogrullo, sí, pero detrás de esa obviedad podemos encontrar muchos beneficios vitales que no tienen nada de obvio. Días compartidos, problemas hablados que se resuelven porque son dos los que buscan el remedio, una sexualidad y un diálogo que animan a vencer tensiones y stress, al contacto íntimo, al conocimiento del otro y hasta el propio, y que llevan más lejos la más sana integración vital.

Resumiendo, si la soledad que no se quiere no es una situación creada por la persona que la padece, sí lo es mantenerla. De la soledad se sale con el contacto, con el simple hecho de abrirse a otras personas de forma auténtica. Y de las soledades menos llevaderas tal vez la de no tener pareja sea una de las más comunes.

Buscar compartir la vida, la intimidad del día a día, con todo lo bueno y con todo lo malo, es un elixir perfecto contra los sinsabores de la soledad. Y encontrar pareja, comienza buscándola, y descubriendo cómo somos. Con autenticidad.

La receta la llevamos impresa en nuestro comportamiento humano, como un código genético, y se llama socialización. Es nuestra carta de presentación y una garantía contra la soledad.

Haga algo realmente inteligente, por usted mismo, si la soledad llama a su puerta, y no quiere diálogo con ella, ni verla, dígale que vuelva mañana. Que mañana le recordará que está ausente por vacaciones… de soledad.