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Soy una persona que pasó la mayor parte de su vida consumiendo “comida-basura”… sin saberlo. Un día me empecé a informar sobre los contenidos de la mayoría de los productos que compramos en el mercado y quedé pasmada.

La mayor parte de los productos que compramos en la verdulería han sido modificados genéticamente para resultar más atractivos a la vista del consumidor. Pero, la evidencia sugiere que los productos manipulados genéticamente son perjudiciales para la salud. Aún no existe un conjunto de leyes y regulaciones que controlen seriamente este tipo de alimentos, y se han hecho pocos estudios a largo plazo que demuestren cuánto dañan la salud humana. Alrededor del 70% de los alimentos que consumimos son producto de modificaciones genéticas.

Además, en el cultivo de dichos productos se suelen utilizar diversos insecticidas y pesticidas, también dañinos para la salud. Los agricultores de hoy no aplican una adecuada rotación de cultivos para obtener sus productos. La rotación de cultivos es la utilización de la misma parcela de tierra para plantar sucesivamente distintos vegetales, para mejorar la fertilidad del suelo, controlar plagas de insectos y enfermedades. El subproducto obtenido de una tierra que no ha pasado por este proceso es un vegetal menos nutritivo que necesitará mayores cantidades de insecticidas.

Alimentos ecológicos

Para evitar el riesgo asociado al consumo de estos alimentos manipulados, tratados con pesticidas y provenientes de terreno donde no se practica rotación de cultivos, lo mejor es pasarse a los alimentos procedentes de la agricultura ecológica.

Está comprobado que los alimentos ecológicos contienen dos o tres veces más cantidad de nutrientes que los convencionales. Y con tan pocas investigaciones realizadas sobre estos últimos, quién sabe qué otros efectos nocivos podrían producirnos los vegetales corrientes. Veamos en qué otros aspectos puede resultar beneficiosa la comida orgánica.

Si no me cree, pruébela. Cuando comencé a interesarme por los alimentos ecológicos y sus diferencias con los convencionales, fui a una tienda de alimentación ecológica y compré unos pocos productos. No podía creer la diferencia en el sabor. Los tomates que había comprado un día antes en la verdulería habitual eran desabridos y servían apenas como un ingrediente más dentro de ciertos platos, no valían para comerlos solos. Pero con los tomates ecológicos, me sorprendí sentada a la mesa disfrutándolos como plato principal. Tenían un fresco sabor a huerta. Antes, cuando tomaba una fruta corriente, le daba vueltas, indecisa, y me costaba acabármela. Con la fruta ecológica me ocurre lo contrario: me resulta difícil dejar de comer. Sabe tanto mejor y más saludable…

Desde que consumo alimentos ecológicos me siento mucho mejor, con más energía. Deseo comidas más sanas. Me siento más satisfecha cuando como. No echo de menos la comida-basura o los tentempiés que solía tomar. Conozco a otras personas que han experimentado lo mismo que yo al haber cambiado la alimentación tradicional por una dieta ecológica.

Es cierto que los alimentos ecológicos, al no producirse aún masivamente, cuestan un poco más que los convencionales. Pero la diferencia no es tan significativa y además, tratándose de su salud y su bienestar, ¿acaso no vale la pena brindarse lo mejor? Haga la prueba, verá que pronto nota una saludable, positiva diferencia.