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La familia se puede definir como un grupo de personas vinculados por sus relaciones de parentesco, por la sangre. Esa es la teoría, el ideal, porque no siempre es del todo así.

Hay personas reconocidas como familiares que no comparten apellidos, que no viven bajo el mismo techo, pero que son consideradas partes del grupo familiar por otros motivos. El más importante, o el realmente importante, el vínculo afectivo. Y es que el valor de los afectos, supera a cualquier otra consideración.

Y es precisamente ese vínculo el que se pone en juego en las peores situaciones, cuando una circunstancia económica adversa nos azota o cuando la enfermedad toca a la puerta de uno de sus integrantes.

Un grupo familiar, una familia, integrada y responsable, con miembros que respondan a la llamada, sabrá dar la medida justa para superar la adversidad que ha llamado a uno de los suyos.

Una enfermedad puede desgajar la cohesión del grupo familiar cuando uno de sus miembros sufre una dolencia incapacitante y hay que cuidarlo, o, todo lo contrario, ser un motivo para hacer piña y acompañar rodeados de afectos.

Pero ¿cómo ha de responder una familia a una enfermedad? De eso va este artículo, de las pautas que hay que tener en cuenta para asistir a un familiar aquejado de una enfermedad e incapacitado para hacerle frente por sí mismo.

Hablamos de cómo gestionar la enfermedad de una persona dependiente en el seno de la familia. Por supuesto.

Lo primero que hay que hacer es ponerse de acuerdo sobre el objetivo. Decidir qué es lo que hay que hacer con la persona enferma, qué tipo de asistencia es la más conveniente.

Si la decisión es tenerla en casa y cuidarla, todos los miembros de la familia han de estar de acuerdo. Sopesando los pros y los contras, desde luego, pero todos a una. O como decía aquella frase hecha ‘mosquetera’, todos para uno y uno para todos.

Es muy importante que todos en la familia tengan en cuenta que la dedicación de cada miembro puede no ser la misma. Tener esto claro, mejora el entendimiento del papel de cada uno y se evitan fricciones.

Las ocupaciones de cada uno, los horarios de trabajo, sus otras responsabilidades y hasta sus prioridades en cada momento pueden condicionar el nivel de atenciones de cada miembro de la familia.

Se trata de que cada uno colabore y compense su dedicación, si es posible, con lo que mejor puede y es capaz de hacer, con su tiempo y con sus habilidades.

Trabajar con un esquema, con la pauta de un calendario y utilizar los correos electrónicos y hasta las redes sociales con acceso restringido para garantizar la privacidad, pueden ser buenas fórmulas y herramientas para estar al día de todo, especialmente cuando la familia está formada por muchos miembros y hay distancia geográfica entre ellos.

Es importante que todos conozcan las novedades de la enfermedad de la persona, de qué tipo de medicinas se han de administrar y cómo hacerlo. Y, si la enfermedad se complica, si hay que tomar decisiones sobre remedios paliativos, operaciones e internamientos, la decisión es la de todos.

Enfermedad familiar, todos para uno y uno para todos.