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La inmensa mayoría de los catarros que conocemos en los días de invierno los ocasiona un rinovirus, un virus que se transporta en la humedad del aire y que se inhala sólo con respirarlo.

Cuando hablamos de un rinovirus no debemos prestarnos a engaño, no hablamos de uno, nos referimos a un tipo, porque rinovirus hay más de un centenar y su número no para de crecer en la medida en que surgen nuevas investigaciones médicas alrededor o no del catarro común.

La forma en la que el rinovirus afecta a nuestro organismo es muy simple. El agente penetra dentro de la región sensible de la nariz y de la zona de la garganta y acto seguido se produce una reacción del sistema inmunitario que desencadena e típico dolor de cabeza y el de garganta que resulta tan común y se asocia al catarro.

¿Cómo se contrae un catarro? No está del todo claro, pero ponerse entre puertas, en la corriente, absorbiendo aire frío constantemente por las fosas nasales y por la boca parece que está claro que es una de las situaciones desencadenantes más comunes.

El virus del catarro puede hacer algo bastante malo en nuestras fosas nasales y es vivir a sus anchas durante mucho tiempo si se dan las condiciones de humedad y temperatura más convenientes para su desarrollo. Y nariz y garganta tienen esas condiciones siempre.

Esa latencia en nuestras cavidades interiores del cráneo nos puede convertir en focos de propagación. De hecho, y eso sí se sabe, que el catarro se transmite por contacto. Tocar a alguien después de haber exhalado el aire de la boca o de la nariz en las manos sería suficiente para llevar el catarro a otra persona.

Sin embargo, hay situaciones de salud que son altamente productivas para el rinovirus, que les facilita su trabajo de transmisión de las dolencias asociadas al malestar.

Esa situaciones son las que coinciden en las personas alérgicas, los individuos fumadores o aquellos sometidos a fuerte stress cuyas defensas inmunológicas estén débiles o resultan muy inestables.

En todos esos casos, el rinovirus del catarro siempre se encuentra a sus anchas y puede permanecer en la persona defensas bajas durante más tiempo.

Son los casos de los catarros que no se van, persistentes, que mantienen al doliente acatarrado con esa agüilla de nariz tan característica y con la congestión permanente encima.

La mejor solución para acabar con el catarro, y mucho más si es persistente y no nos abandona, es acudir al médico e informarle de nuestra situación. Pero también podemos hacer algo en beneficio de los que nos rodean y es no ayudar al virus a llegar lejos, más allá de nosotros.

¿Cómo? Estornudando con cuidado de no lanzar nuestros microorganismos en el espacio cerrado de una estancia o lavándonos las manos con frecuencia para evitar el contagio a los demás.

O como es común en la cultura japonesa, cubriéndonos las fosas nasales y la boca con una mascarilla. incómodo, poco elegante, pero extraordinariamente efectivo y, si nos apuran, un compromiso social consecuente y militante para la salud más común.